Cuentos

¡QUÉ SE ME VIENE EL CIELO ENCIMA!

Que el cielo se viene encima!      

 
Una gallina estaba picoteando al pie de una encina, cuando de pronto le cayó una bellota en la cresta. Se asustó y echó a correr.
Corriendo, corriendo, se tropezó con el gallo, que le dijo:
-¿Dónde vas tan de prisa, comadre?
-¡Que el cielo se viene encima!
-¿Y quién te lo ha dicho?
-¡Que ya me dio en la crestina!
-¡Pues vámonos! -dijo el gallo, y juntos siguieron a todo meter. Corriendo, corriendo, tropezaron con la zorra, que les dice:
-¿Adónde van ustedes tan de prisa?
Y contesta el gallo:
-¡Que el cielo se viene encima!
-¿Y quién se lo ha dicho? 
-Mi comadre la gallina.
-¿Y a usted, señora gallina?
-¡Que ya me dio en la crestina!
-¡Pues vámonos de aquí! -dijo la zorra, y se unió a los otros. Iban los tres que no se les veía, y corriendo, corriendo, tropezaron con el lobo. Dice el lobo:
-¿Adónde va usted, comadre zorra?
Y le contesta la zorra:
-¡Que el cielo se viene encima!
-Y quién se lo ha dicho?
-Mi compadre el gallo.
-,Y a usted, señor gallo?
-Mi comadre la gallina.
-Y a usted, señora gallina?
-¡Que ya me dio en la crestina!
-¡Pues vámonos de aquí! -dijo el lobo, y los cuatro siguieron corriendo.

ROMANCE TRADICIONAL "CANCIÓN NUEVA DE ABELARDO Y ELOÍSA"

 

romance abelardo y eloisa
Pedro Abelardo nació el año 1079 en Palais, pueblo de Francia, de corla consideración, en la provincia do Bretaña, de familia distinguida. Su educación fue correspondiente á su calidad. Pasados los años de la niñez, su padre Berenguer le quiso destinar á las armas, mas su madre Lucia se opuso á ello. Aplicóse á las bellas letras con tanta ventaja, que en breve tiempo excedió á sus maestros. Su talento fue universal: aprendió latín, griego y hebreo: hízose grande orador, escelente filósofo, teólogo y jurisconsulto. El deseo de conocer i los más famosos literatos de la época, le llevó á París contra la voluntad de sus padres. En aquella capital hizo grandes adelantamientos, que le acarrearon muchos émulos y enemigos. El escesivo ardor al estudio debilitó su salud, obligándole á tomar los aires nativos. Recobrado ya, volvió á París, y allí se dedicó de nuevo en la enseñanza dé las Santas Escrituras, para cuyo efecto obtuvo un canonicato de aquella catedral, que le obligó á recibir las órdenes menores. Noticioso por este tiempo de que otro canónigo llamado Fulberto, tenia consigo una sobrina de talento y prendas muy aventajadas, que la fama por todas partes estendia, fué á estar con él y suplicarle que le dejara oír y hablar á tan celebré señorita. Amábala tiernamente el canónigo y hacia con ella oficios dé padre (pues era huérfana desde su niñez), y como si estuviese ufano de la educación que la habia dado, y de lo bien aprovechada que había sido, accedió gustoso á la solicitud de tan famoso sugeto.

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JUAN EL OSO

Juan el Oso
JUAN EL OSO
Hace ya mucho tiempo vivía en un pueblo una muchacha que se dedicaba a cuidar vacas. Un día se le perdió una y se puso a buscarla por todas partes: sin darse cuenta llegó a un monte que estaba muy lejos. Allí le salió un oso, la cogió y se la llevó a su cueva. Después de estar viviendo con él algún tiempo, la muchacha tuvo un hijo. El oso, que nunca dejaba salir de la cueva ni a la madre ni al hijo, les traía de comer todos los días, teniendo que quitar y poner una gran piedra con la que tapaba la entrada de la cueva.
Pero el niño fue creciendo y haciéndose cada vez más fuerte. Un día, cuando ya tenía doce años, levantó la enorme piedra con sus brazos y la quitó de la entrada, para poder escaparse con su madre. Cuando ya salían de la cueva, apareció el oso. Entonces el muchacho cogió otra vez la piedra, se la arrojó al animal, y lo mató.
La madre regresó al pueblo con su hijo, que se llamaba Juan. Lo puso en la escuela, pero Juan andaba todo el día peleándose con los demás muchachos, los maltrataba y hasta se enfrentó con el maestro. Por fin le dijeron a la madre que tenía que quitarlo de allí, y el muchacho dijo que quería irse del pueblo. Pidió que le hicieran una porra de siete arrobas, y así fue. Era tan pesada, que tuvieron que traérsela de la herrería entre cuatro mulas. Pero él la cogió como si nada y se marchó.
Por el camino Juan se encontró con un hombre que estaba arrancando pinos y le dijo:
-¿Tú quién eres?
-Yo soy Arrancapinos. ¿Y tú?
-Yo soy Juan el Oso, que voy con esta porra por el mundo y hago lo que quiero. Dime, ¿cuánto te pagan por arrancar pinos?
-Siete reales -contestó Arrancapinos.
-Bueno, pues yo te pago ocho.
Y se fueron los dos juntos. Un poco más adelante vieron a un hombre que estaba allanando montes con el culo.

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