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Filiberto Chamorro

Filiberto Chamorro

neandertal familiaEl habla, el lenguaje, la narración, los cuentos han formado parte de nuestro propio Ser y nuestro ser es en cuanto a que somos seres lingüísticos.

Nuestra vida no es un cúmulo de experiencias que se van sumando a una escala cronológica, lineal. Desde mi punto de vista es una historia, una narración en la que podemos aplicar las diferentes funciones que el folklorista Vladimir Propp supo entresacar de entre los cuentos populares rusos y que se cumplen en todos los cuentos y mitos populares de todas las civilizaciones. Para mí, fue descubrir la formulación de la humanidad, una esencia comparable al descubrimiento del ADN.

¿hasta dónde, la “educación” o más bien la escolarización obligatoria, quizás con objetivo de “industrializar” la población para las necesidades del nuevo orden social industrial (nuevo en el s XIX pero obsoleto en la actualidad), se ha encargado de convertir esas historias con sentido en currículums, listas, dietarios provocando que un Ser sistémico y holístico con un cerebro narrativo, se limite cada vez más a una sucesión lineal de acumulación de conocimientos cognitivos?.

En todos los tiempos y todas las civilizaciones ha existido el cuentacuentos, no como una figura profesional y destacada sino como una faceta propia de cada persona, que en determinados momentos cuenta su historia, la historia de sus antepasados, la historia de lo que pasa en su día, en el día de sus congéneres…. Una historia que además de contar qué ha pasado, va dibujando una intención de lo que será, es un lenguaje generativo. Cuento para lo que ha pasado sea una inspiración, una intención de lo que me gustaría que fuese.

El Storytelling actual, relacionado con el coaching integral y educacional, es un heredero de esta esencia del ser humano narrador y narrativo. Una herramienta para desdibujar la linealidad de un expediente y recrear una historia única y personal, la tuya como individuo que te conecte con quién eres para trazar quién quieres ser.

 

Filiberto Chamorro NARRADOR DE HISTORIAS

Alhambra

 

Escucha mientras lees "La Rosa de la Alhambra" de Eduardo Paniagua

La torre de las Infantas, residencia en otro tiem­po de las tres encantadoras princesas moras Zay­da, Zorayda y Zorahayda, estaba abandonada. Este abandono obedecía a que nadie se atrevía a habitarla, ya que, según se decía, la sombra de la joven Zorahayda, que murió en ella, se aparecía a la luz de la luna, junto a la fuente de la sala, tocan­do su laúd maravilloso.

Pero llegó un buen día en que una señora llama­da Fredegunda se fue a vivir a ella con su sobrina Jacinta, muchacha huérfana y muy bella, a la que se llamó «la Rosa de la Alhambra». Su tía no le permitía salir jamás de aquella torre y en ella se consumía su juventud. Cierto día que paseaba por la Alhambra Ruiz de Alarcón, el paje favorito de los Reyes, con el hal­cón preferido de la Reina, advirtió que el ave de presa, al ver un pájaro sobre un árbol, se lanzó en su persecución. El joven siguió al pájaro en su vuelo, hasta que lo vio posarse en la alta torre de las Infantas. Creyéndola deshabitada, se dirigió hacia ella e intentó buscar alguna portezuela por donde poder entrar.

Cuando lo estaba intentando, vio aparecer por una ventana un hermoso rostro de una muchacha, que desapareció en seguida. Esperó, para ver si podía verlo de nuevo, pero fue en vano; entonces se decidió a llamar a la puerta. Al poco tiempo apareció aquel rostro encantador en la ventana.

-¿Qué deseáis? -dijo.

-Quisiera subir a la torre para coger mi halcón, que está posado en lo más alto -contestó el paje.

-Perdonad, señor, que no os abra la puerta; mi tía me lo tiene prohibido.

Pero ante los ruegos del bello paje, la muchacha aceptó. Si sólo el rostro de la muchacha le había cautivado, al contemplarla ahora con su corpiño andaluz y su graciosa basquiña, quedó enamorado de ella. La joven, turbada ante su presencia, dejó caer el ovillo de seda que estaba devanando, el cual se apresuró a cogerlo galantemente el paje, y ofreció selo de rodillas. Estaban absortos uno y otro, cuando se oyó ruido fuera.

-Es mi tía, que vuelve de misa -gritó la mucha­cha-. Señor, os ruego que os marchéis.

El paje aseguró que no lo haría sin llevarse la rosa que llevaba ella prendida en su cabello. La muchacha se la dio, y él la cubrió de besos. Des­pués, poniéndose su bonete, se deslizó por el jardín, llevándose el corazón de Jacinta.

A los pocos días volvió el paje a la torre; la corte se ausentaba de Granada y venía a despedirse de su amada.

Jacinta se quedó en el mayor desconsuelo y no pudo disimular su pena, acabando por confesar a su tía su pasión por el paje.

Gran indignación se apoderó de la tía cuando supo que, a pesar de toda su vigilancia, se había entablado aquella tierna correspondencia entre los dos jóvenes.

Mientras así pensaba la pobre anciana, la sobri­na no olvidaba ni por un instante los juramentos de amor y fidelidad que le había hecho su amante.

Pasaron días, semanas y meses, y nada se volvió a saber del doncel de la Reina. Pasó el tiempo, y el paje no volvía.

La infeliz joven estaba pálida y melancólica; abandonó sus ocupaciones y entretenimientos. Sus madejas de seda se quedaron sin devanar. Su gui­tarra, muda. Sus flores, descuidadas. Ya no escu­chaba los trinos de los pájaros, y sus ojos, antes alegres y brillantes, se marchitaban llorando en secreto. Si hubiera de buscarse un lugar apropiado para alimentar la pasión de una triste doncella abandonada, no sería posible encontrar otro más adecuado que la Alhambra, donde todo parece evo­car tiernos y románticos ensueños. La Alhambra es un paraíso de los enamorados.

-¡Ay, inexperta niña! -le decía, severa y casta, Fredegunda, cuando sorprendía a su sobrina en los momentos de aflicción-. Ten la seguridad de que aunque ese joven se hubiera propuesto serte fiel, su padre, uno de los nobles más orgullosos de la corte, le prohibiría terminantemente su unión con una joven humilde y desheredada como tú. Toma, pues, una resolución enérgica y desecha de tu imagina­ción esas locas esperanzas.

Las palabras de Fredegunda sólo servían para acrecentar la melancolía de su sobrina; por lo que la infeliz criatura tomó el partido de entregarse a solas a su dolor. Cierta noche de verano, y a hora avanzada, después que la tía se retiró a descansar, quedose la sobrina en el saloncito de la torre, junto a la fuente de alabastro, donde el desleal amante se había arrodillado a besarle la mano por vez pri­mera y le había jurado su amor. El corazón de la apenada doncella oprimía se con tan tristes recuer­dos y sus lágrimas caían abundantes en la fuente. Poco a poco comenzó a agitarse el agua y a bullir y formar burbujas, hasta que apareció ante sus ojos una hermosísima figura de mujer ricamente atavia­da con traje morisco.

Jacinta se asustó de tal manera que huyó del salón y no se atrevió a volver a él. A la mañana siguiente contó cuanto había visto a su tía; pero la buena señora lo creyó todo quimera de su imagina­ción, o que se habría dormido y lo habría soñado junto a la maravillosa fuente.

-Habrás estado meditando en la historia de las tres princesas moras que habitaron en otros tiem­pos esta torre -añadió-, y esto te habrá hecho soñar con ellas.

-¿Qué historia es ésa, tía? No la conozco.

-¿No has oído hablar nunca de las tres bellas princesas Zayda, Zorayda y Zorahayda, encerra­das por su padre en esta misma torre y que se fugaron con tres caballeros cristianos, aunque a la menor le faltó valor para seguirlas y fue la que, según cuentan, murió en esta misma torre?

artes escénicasMaría Jesús Bajo Martínez
Doctora por la Universidad de Sevilla
Doctorado en Ciencias del Espectáculo
 
 

Extraído del artículo publicado en la página web de AEDA, Asociación de Profesionales de la Narración Oral en España, el pasado 24 de Julio de 2016.

Siempre me ha gustado que me cuenten historias

Las llamas se asomaban a la boca de la chimenea, y a su alrededor grandes conversadores, y también algún buen narrador, especialmente una vecina, que pasaba después de cenar a velar (hablar durante unas horas en una casa donde se reunían personas de esa familia y otras que no lo eran, pero que tenían vínculos afectivos o de amistad), y a la que después había que acompañar a su casa de noche cerrada, y volver con el miedo susurrando al oído. 

Estas veladas se animaban con licor de café, y muchas veces se ocupaban haciendo los moldes de papel de las magdalenas caseras, mariquitas en mi tierra. Mientras tanto los asuntos de actualidad se comentaban, y las historias se sucedían: unas eran divertidas, otras graves, y de vez en cuando un relato ponía los pelos de punta. Todos los mayores participaban, aunque se esperaba con expectación la repetición de algunos cuentos, que ya se habían convertido en clásicos, y componían el repertorio de esta mujer apasionada, y que sin saberlo ella poseía muchas de las características y recursos de la narración oral escénica. Era capaz de visualizar los hechos y a la vez suscitarlos en sus oyentes, tenía el dominio de la mirada, interpretaba el total de los personajes, utilizaba todo su cuerpo como transmisor de emociones, conocía a sus oyentes y las limitaciones de edad y circunstancias, relataba cada historia en el momento preciso y las recreaba una y otra vez mientras interactuaba con el público ocasional. 

Los cuenteros tradicionales desaparecieron de nuestros pueblos y de nuestras vidas, y fueron sustituidos por elementos menos imaginativos y sociales como la televisión. Los actuales narradores, descendientes de los juglares, han resurgido con fuerza, especialmente en Iberoamérica, bisagras entre la tradición y la escena del momento, poseen hoy una metodología propia y se forman adecuadamente. Realizan talleres, y aunque con una función diferente, existe la figura del director. Utilizan ampliamente elementos escénicos como la iluminación y el sonido. El público ya no es el familiar, próximo o la tribu, sino desconocido y amplio, infantil o adulto, o ambos a la vez. El lugar también ha variado, ya no es alrededor del hogar o en las plazas de los municipios. Ahora los principales espacios donde se produce son bibliotecas, librerías y colegios, constituyendo un claro incentivo a la lectura.

Los cuentos que se relatan proceden de la tradición oral y de la literatura, pero también los hay de creación propia. La relación de la narración oral escénica con la palabra escrita siempre ha sido estrecha; en ocasiones se alimenta de ella y en otras la alimenta. Recordemos la innegable influencia que ha ejercido en la obra de autores como Juan Rulfo y Gabriel García Márquez. 

 CENICIENTA

Para escuchar mientras lees... 

"La cenerentola". Rossini

 

Cuentan que un pobre campesino se quedó viudo al nacer su única hija.

Ésta, a la que pusieron de nombre Mariquilla, resultó ser guapísima. La más guapa del pueblo, sin la menor duda. El hombre estaba con ella como Mateo con la guitarra, pues en su pobreza se aliviaba de ver aquella hermosura.

Enfrente de ellos vivía doña Patro, una ricachona gorda y con bigotes, que también se había quedado viuda. Tenía una hija de la misma edad que Mariquilla, pero más fea que Picio. Cada vez que Mariquilla pasaba por su puerta, la llamaba para darle alguna golosina, y le decía:

-¡Hay que ver cómo te tiene tu padre! Con lo linda que eres y con ese vestido tan viejo y esos zapatos tan rotos. A tu padre le convenía casarse.

La niña iba y le contaba a su padre todo lo que le había dicho doña Patro, y un día le dijo:

-Padre, ¿Por qué no se casa usted con doña Patro?

-Eso es lo que ella quisiera- contestó el padre. Y para darle largas al asunto, añadió: -Dile que cuelgue unos zapatos nuevos del techo, y cuando se pudran, me caso con ella.

Mariquilla como era tan inocente, fue y se lo contó a doña Patro, que le dijo:

-Pues descuida, que eso haré.- Y lo hizo. Cogió un par de zapatos nuevos y los colgó del techo del zaguán, donde todo el que pasara pudiera verlos. Pero por las noches, cuando cerraba la puerta, donde todo el que pasara pudiera verlo. Pero por las noches, cuando cerraba la puerta, ¿Sabéis lo que hacía? No os lo vais a creer. Bajaba los zapatos y se hacía pis en ellos.

Claro, en poquísimo tiempo los zapatos se pusieron que daba penita verlos. Entonces doña Patro llamó a Mariquilla y le dijo:

-Ya lo estás viendo con tus propios ojos.

Así que le dices a tu padre que cumpla con su palabra.

El pobre hombre no tuvo más remedio que casarse con la de los bigotes, más que nada para ver si mejoraba la suerte de su hija.

Pero no fue así. Aunque al principio doña Patro la trataba como a su hija, poco a poco la fue despreciando, muertecita de envidia como estaba de verlo guapa que era comparándola con su hija.

El padre, como estaba casi todo el día en el campo, cuidando las propiedades de su mujer, no se daba cuente.

La madrastra lo primero que hizo fue quitar a Mariquilla de la habitación de la fea y ponerla en el cuarto de las cenizas. Después, la obligaba a hacer las faenas de la casa, en vez de mandarla al colegio. Mientras, la madre y su hija se daban buenos paseos y se hartaban de pasteles.

Mariquilla lloraba en silencio, pero no quería protestar, porque al fin y al cabo se sentía responsable de la situación. Un día la madrastra la mandó al río a lavar una carga de ropa. Y estando en el río se puso el cielo negro, como de tormenta, y empezó a llover, con truenos y relámpagos. Mariquilla salió corriendo, y pudo llegar a una cabaña que había por allí cerca.

Como estaba la puerta abierta, entró, pero allí no había nadie. Estaba todo hecho una calamidad. Todos los cacharros sucios, las camas sin hacer, las sillas volcadas…

Por Estrella Ortiz,

 Publicado en la web de AEDA, Asociación de Profesionales de la Narración Oral en España, el pasado 29 de Febrero de 2016.

Hace unos cuantos años apunté este texto tradicional en mi cuaderno:


contar con la poesíaCuatro naranjitas hay en mi mesa.

Me ha dicho la señora que coja ésta.

Tres naranjitas hay en mi mesa.

Me ha dicho la señora que coja ésta.

Dos naranjitas hay en mi mesa.

Me ha dicho la señora que coja ésta.

Una naranjita hay en mi mesa.

Me ha dicho la señora que coja ésta.

Ninguna naranjita hay en mi mesa.

Me ha dicho la señora que friegue la mesa.

Lamentablemente, no tengo ni idea de dónde lo encontré. Supongo que no me gustó especialmente y por eso en su momento no le presté demasiada atención. Sin embargo, lo cierto es que despertó suficiente curiosidad en mí como para anotarlo. Aunque su argumento era muy simple, me quedó la débil sospecha de que algo valioso debía de tener encerrado en su interior para haber sobrevivido, sin ninguna clase de acotaciones, en la frialdad de la hoja de papel. Para empezar, se había mantenido en la memoria de la persona que lo transmitió, más adelante en la libreta o grabadora del folclorista y finalmente en un libro.

Ahí estaba, tan soso, diciéndome “cuéntame”. Ahí estaba con una interrogación abierta. Y con esta leve intriga permaneció en mi cajón mucho tiempo, hasta que un día en el que estaba buscando juegos para hacer con las manos, me dije que a este poema lo que le faltaba era afrontarlo con el cuerpo. Es decir, lo que el tema contaba era solo una parte y que el resto estaba implícito en el desarrollo de cómo hacerlo.

Al pararme por fin a mirarlo, apareció ante mí la evidencia de una operación aritmética: la retahíla se centraba en restar unos cuantos elementos iguales, las naranjitas, hasta llegar al cero: ninguna naranjita sobre la mesa.

En muchas retahílas, como las usadas para echar a suertes, el ritmo del gesto se marca con la acción de señalar cosas o personas hasta el final del texto. Por ejemplo, en el poema “One, done, tene…” la acción de marcar cada elemento se continúa hasta “… cuenta las veinte que las veinte son”; es decir, hasta llegar a que el cuerpo también haya percutido gestualmente veinte veces. O lo que es lo mismo, comprobar que él también ha contado. Y en su conclusión seguramente el último golpe gestual será un poco más grande que los anteriores, al igual que la voz también expresará claramente que se ha llegado a término. En este tipo de temas, palabra y gesto discurren y acaban a la par.

Otra variante gestual se encuentra en los poemillas numerales, en los que también la voz y la acción corporal van conjuntadas. El cuentista en este caso, mientras dice el poema señala o toca diferentes partes de su anatomía. Generalmente, es el dedo de una mano el que va señalando los dedos de la otra. Temas como: “A la una, la aceituna; a las dos, el reloj…” propician el juego de tocar o señalarse los dedos mientras se dicen. Asimismo esta acción de remarcar voz y gesto a la vez aparece en muchos de los cuentecillos para bebés encaminados a su toma de conciencia corporal: “Este fue a por leña, este la encendió…”. Cuando el auditorio no es muy numeroso, como ocurre en el entorno familiar, la narración discurre mientras se realizan las acciones en el cuerpo del bebé. Esto me parece muy interesante incluso para llevarlo a cabo dentro de una sesión de cuentos: el narrador invita con su gesto a que sea el adulto acompañante quien se lo haga a su bebé. En estos casos, podría decirse que el cuentista realiza las labores de un director gestual para con el grupo. Aquí el ritmo toma especial relevancia, pues para que las acciones de cada uno no se pierdan en una maraña de ruidos, habrá que conducir los gestos sobre una base común. Así se vivirá la experiencia con una armonía compartida por todo el grupo. Si es una canción, esta sintonía que se produce entre los diferentes gestos está asegurada: la música crea el caminito para no perderse. De ahí que muchos de los temas infantiles tengan una cierta melodía, pues en materia de oralidad este ingrediente es decisivo a la hora de la memorización, y además con ello se asegura su permanencia en el repertorio de la comunidad.

zapateroHabía una vez un zapatero que debía dinero a todos los vecinos del pueblo. A uno cincuenta reales, a otro ochenta, a otro cien... De modo que, aunque hubiera tenido siete vidas como los gatos, no hubiera podido pagarles a todos, ni remendando ni echándoles medias suelas a los zapatos de todos los hijos y nietos de sus acreedores. Al que menos dinero le debía era a un sastre, que le debía solamente un real.
Le apremiaban tanto las personas a las que debía dinero, que un día le dijo a su mujer:
-No puedo pagar de ninguna manera. Así que lo mejor que puedo hacer es morirme. Con eso, me perdonarán lo que les debo.
Pero, claro, él lo que quería decir era morirse de mentirijilla. Vamos, hacerle creer a todo el mundo que se había muerto y escaparse del pueblo en cuanto pudiera. Bueno, pues se hizo el muerto y su mujer fue diciéndolo por todas partes, llorando y todo. ¿Qué iba a hacer la gente? A ver qué remedio: perdonarle las deudas, y acompañarlo hasta la iglesia aquella noche, y al día siguiente hasta el cementerio.
Pero el sastre, al que solo le debía un real, no se conformó. Dijo: «Este me las paga como sea», y pensó quedarse aquella noche en la iglesia, cuando ya no estuvieran velando el cadáver, y quitarle el chaleco, que era lo que había costado un real.
Conque ya llevan al zapatero en unas andas hasta la iglesia, y allí que lo dejan, con sus cuatro velas, porque era costumbre que no los enterraban hasta el día siguiente. El sastre aprovechó un descuido de los demás y se metió debajo de las faldas negras de las andas. Todavía esperó un ratito, después que sintió salir al último. Pero a esto que se entran en la iglesia una cuadrilla de ladrones que venían huyendo de la justicia. Y allí mismo, delante del féretro, se ponen a repartirse el talego de dinero que habían robado.
-Esta parte, para ti. Esta, para ti; esta, para ti...
Así fue diciendo el jefe de la cuadrilla. Y cuando terminó de repartir a los cinco que eran, quedó otra parte, y dice uno:
-¿Y esa, para quién es?
Y contesta el jefe:
-¿Esa? Para el que sea capaz de clavarle un cuchillo al muerto. Todos se quedaron en silencio y ninguno se atrevía, pero por fin uno de ellos, el más malvado de todos, dice:
-Yo lo hago.
Y se fue para el zapatero, que lo estaba escuchando todo, muertecito de miedo. Y cuando ve al otro que levanta la mano para clavarle el cuchillo, pega un grito:
-¡Salgan todos los difuntos!
Y el sastre, que estaba también más muerto que vivo, contesta: 
-¡Aquí estamos todos juntos!
El del puñal y los demás ladrones salieron corriendo despavoridos, y se dejaron allí los montones de dinero.
Sale entonces el sastre de debajo de las andas y le dice al zapatero:
-¿Conque muerto, eh? Ahora mismo me estás dando mi real, ¡so sinvergüenza!
-¿Yo tu real? Pero, hombre, ¿cómo te acuerdas ahora de un real, con todo el dinero que tenemos aquí para los dos?
-Nada, nada, yo quiero mi real, mi real -decía el sastre.
Pero los ladrones, después de la primera carrera, se lo habían pensado mejor. Uno había dicho:
-¿Mira que nosotros, con lo criminales que somos, darnos miedo de los difuntos? Ahora mismo nos volvemos.
Y se volvieron, pero antes de entrar en la iglesia se quedaron escuchando desde la puerta y oyeron al sastre que ya decía:
-¡Si no me das mi real, te rajo la barriga! Y dice el ladrón:
-¡Atiza! ¡La de difuntos que tiene que haber, que con todo nuestro dinero caben a real! ¡Y con qué malas pulgas! Mejor será que nos vayamos.
Y otra vez salieron corriendo y no han vuelto todavía.
 
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En esta ocasión, una interesante aportación sobre estrategias para "fomentar a la lectura". Para mí lo más destacable, es la humanización de a lectura como una conquista personal, emocional, íntima y por supuesto, no interferiza o forazada. A partir de ahí, cualquier cosa que no la interrumpa, ya es un avance. De todas formas ahí dejo lo que Gema Lozano propone desde su experiencia. lectura

Artículo de Gema Lozano publicado en YOROKOBU.es el pasado 26 de mayo de 2016.

Leer a diario o siempre que se puede es lo que diferencia a los lectores asiduos (o lectores a secas) de los que no lo son. Irene Rodrigo se incluye en el primer grupo. A la periodista le entusiasman tanto los libros que nunca ha llegado a entender que haya gente que no comparta su afición.
Hace un tiempo creyó dar con la clave del porqué de esa desafección que siente parte de la población por la lectura: «Muchas veces la subimos a un pedestal. Hay que bajarla de allí y hablar de ella como lo que es: algo normal, cotidiano y familiar, que no tiene razones para ser percibido como distante o complicado».
Su propósito con Leeme.tv es poner esto en práctica. «Es un programa sobre divulgación literaria que tiene como objetivo el acercar los libros a todo tipo de públicos, tanto a los lectores como a los no lectores (todavía…)».
Junto con el ilustrador Nacho Vergara, en cada programa Rodrigo escoge un título de la literatura universal y lo desgrana, aunque sin spoilers. «Lo que hacemos es establecer conexiones entre nuestras vidas y las páginas. Sabemos que todos los libros hablan de nosotros, así que nos encargamos de buscar esos puntos de encuentro: las experiencias que todos hemos vivido o viviremos, las emociones que todos hemos sentido o sentiremos, los problemas que todos atravesamos en algún momento, etc.».
Dice que el propósito es que al acabar el episodio, el espectador tenga necesidad de leer ese libro o cualquier otro. «El caso es que sienta deseos de leer, y que esos deseos nazcan de él mismo, porque se ha identificado con la trama, con un personaje o con el propio autor del libro».
De momento son 7 los programas que lleva Léeme en los que los protagonistas han sido libros como RayuelaCien años de soledad, Platero y yo o Por quién doblan las campanas. «Ver uno de ellos es la mejor forma de entender en qué consiste el programa. Las personas que han leído largas explicaciones como esta coinciden en que todas estas palabras no logran describir ni un 1% de Léeme (el porcentaje me lo he inventado, :D)».

VER ARTÍCULO ORIGINAL

castilloÉrase que se era un pobrecito pescador que vivía en una choza miserable acompañado de su mujer y tres hijos, y sin más bienes de fortuna que una red remendada por cien sitios, una caña larga, su aparejo y su anzuelo.
Una mañana, muy temprano, salió el pescador camino de la playa con el estómago vacío, la cabeza baja, descorazonado, y cargado con los trebejos de pescar.
A medida que andaba, el cielo se iba ennegreciendo y cuando llegó al lugar donde acostumbraba a pescar observó que se había desencadenado una horrorosa tempestad.
Pero el infeliz pescador no pensaba más que en sus hijos y en su esposa, que ya hacía dos días que no probaban bocado, por lo que, sin hacer caso de la lluvia que le empapaba, ni del viento que le azotaba, ni de los relámpagos que le cegaban, armó la red y la echó al mar.
Y cuando fue a sacarla, la red pesaba como si estuviese cargada de plomo; por lo que el pescador tiró de ella con todas sus fuerzas, sudando a pesar del viento y de la lluvia, latiéndole el corazón de alegría al pensar que aquel día su familia no se acostaría sin cenar, como en tantas otras ocasiones.
Finalmente, con la ayuda de Dios y de la Virgen del Carmen, a la que imploró, viendo que le faltaban las fuerzas, el pescador consiguió aupar la red, viendo que en su interior no había más que un pez muy chiquito pero gordito, cuyas escamas eran de oro y plata.
Asombrado al ver que le había costado tanto trabajo pescar aquel único pez, el pobre pescador se lo quedó mirando con la boca abierta.
De repente el extraño pececillo rompió a hablar y dijo con voz dulcísima, extraordinariamente armoniosa y musical:
- ¡Échame otra vez al agua, oh pescador, que otro día estaré más gordo!
- ¿Qué dices, desventurado? -preguntó el interpelado, que apenas podía creer lo que oía.
-¡Que me eches otra vez al agua, que otro día estaré más gordo!
-¡Estás fresco! Llevan mis hijos y mi mujer dos días sin comer; estoy yo dos horas tirando de la red, aguantando el viento y la lluvia, ¿y quieres que te tire al agua?
-Pues si no me sueltas, oh pescador, no me comas. Te lo ruego...
-¡También está bueno eso! ¿De qué me habría servido cogerte, si no te echara en la sartén?
-Pues si me comes -prosiguió diciendo el pececillo, te suplico que guardes mis espinas y las entierres en la puerta de tu casa.
-Menos mal que me pides algo que puedo hacer... Te prometo cumplir fielmente tu solicitud.
Y marchóse, contento de su suerte, camino del hogar.
A pesar de ser tan chiquito el pececillo, todos comieron de él y quedaron saciados. Luego, el pescador enterró, como prometiera, las espinas en la puerta de su choza.
Por la mañana, cuando Miguelín, el hijo mayor del pescador, se levantó y salió al aire libre, encontró, en el lugar donde habían sido enterradas las espinas, un magnífico caballo alazán; encima del caballo había un perro; encima del perro un soberbio traje de terciopelo y sobre éste una bolsa llena de monedas de oro.
El muchacho, que anhelaba correr el mundo, pero que estaba dotado de excelente corazón, dejó la bolsa a sus padres, sin tocar un céntimo, y, seguido del can, emprendió la marcha sin rumbo fijo.
Galopó durante tres días y tres noches, recorriendo la selva de los árboles parlantes y el bosque de las campanillas áureas y argentinas, que sonaban al ser acariciadas por el viento, formando un seráfico concierto, llegando finalmente a una encrucijada donde vio un león, una paloma y una pulga disputándose agriamente una liebre muerta.
-Párate o eres hombre muerto, -rugió el león. 
-Y si eres, como dicen, el rey de la creación, sírvenos de juez en este litigio. La paloma y la pulga estaban disputándose la liebre... ¿Para qué quieren ellas un trozo de carne tan grande...? Yo, confieso que he llegado el último, pero para algo soy el rey de la selva... La liebre me corresponde por derecho propio... ¿No lo crees así?
La paloma habló entonces y dijo, arrullando:
- Ya habías pasado de largo, cuando yo descubrí desde lo alto a la liebre, que estaba mortalmente herida... Me corresponde a mí, por haberla visto morir.
La pulga, a su vez, exclamó:
-¡Ninguno de vosotros tiene derecho a la liebre! No la habrían herido, si no le hubiese dado yo un picotazo debajo de la cola cuando iba corriendo, con lo que le obligué a detenerse y entonces, un cazador le metió una bala en las costillas... ¡La liebre es mía!
Y ya estaba la disputa a punto de degenerar en tragedia si Miguelín no hubiese mediado como amigable componedor.
-Amiga pulga -dijo. ¿Qué harías tú con un trozo de carne como ese, que asemeja una montaña a tu lado?
Y sacó el cuchillo de monte, cortó a la liebre muerta la puntita del rabo y lo entregó a la pulga, que quedó complacidísima.
Del mismo modo, cortó las orejas y el resto del rabo, que ofreció a la paloma, la cual confesó que tenía bastante con aquellos despojos.
Lo que quedaba, o sea, la liebre entera, se la cedió al león, que quedó encantado de juez tan justiciero.
-Veo que eres realmente el rey de la creación -exclamó, con su más dulce rugido- pero yo, el rey de los animales, quiero recompensarte como mereces, como corresponde a mi indiscutible majestad.
Y arrancándose un pelo del rabo lo entregó a Miguelín, diciéndole:
-Aquí tienes mi regalo; cuando digas: «¡Dios me valga, león!», te convertirás en león, siempre que no pierdas este pelo. Para recobrar tu forma natural, no tendrás más que decir: «¡Dios me valga, hombre!»
Marchóse el león, alta la frente, orgullosa la mirada, pero sin olvidar llevarse la liebre, y se internó en la selva.
La paloma, para no ser menos, se arrancó una pluma y dijo:
-Cuando quieras ser paloma y volar, no tienes más que decir: «¡Dios me valga, paloma!»
Y agitando las alas, se remontó por el aire.
-Yo no tengo plumas ni pelos -dijo la pulga- pero puedo oírte dondequiera que digas: «¡Dios me valga, pulga!» y convertirte en un ente tan poco envidiable y molesto como yo.
Miguelín volvió a montar a caballo y prosiguió su camino sin descansar, hasta que, al cabo de tres días y tres noches, vio brillar una lucecita a lo lejos.
Preguntó a un pastor que encontró:
-¿De dónde procede esa luz?
El pastor respondió:
-Ese es el «Castillo de Irás y No Volverás».
Miguelín se dijo:
-Iré al «Castillo de Irás y No Volverás».
Al cabo de tres días y tres noches, se encontró con otro pastor.
-¿Podrías decirme, amigo, si está muy lejos de aquí el «Castillo de Irás y No Volverás»?
-Libre es el señor caballero de llegar a él -repuso el pastor, echando a correr como alma que lleva el diablo.
Pero el hijo del pescador era firme de voluntad y duro de mollera y se había propuesto ir al castillo, aunque fuese preciso dejar la piel en el camino; así es que, sin pizca de temor, siguió cabalgando tres días con tres noches, al cabo de los cuales la lucecita parecía acercarse, ¡por fin!, ante sus ojos.
Y he aquí que, después de muchas, muchísimas fatigas, llegó ante el suspirado «Castillo de Irás y No Volverás».
De oro macizo eran sus muros y de plata las rejas de sus ventanas y las cadenas de sus puertas; en lo alto de sus almenas, deslumbraban, al ser heridas por el sol, las incrustaciones de jaspe y lapislázuli, el ónix, el marfil, el ágata e infinidad de piedras preciosas.
Rodeaba al edificio un bosquecillo donde, posados en las ramas de sus árboles, cuyas hojas eran de oro o plata, según se reflejara en ellas, el sol o la luna, innumerables pajarillos de colores maravillosos saludaban al recién llegado; unos con burlonas carcajadas, otros con sus trinos más inspirados, otros con palabras de ánimo o de desesperanza.
-¡Adelante el mancebo! ¡Adelante nuestro salvador! -decían unas voces.
-¡Atrás! ¡Atrás! ¡Irás y no volverás! ¡Irás y no volverás! -repetían otras.
Pero el hijo del pescador, como si fuese sordo, continuaba su camino sin detenerse un instante a escuchar los maravillosos trinos, ni volver la cabeza para ver de dónde procedían, sin detenerse ante la fuente de cristal que cantaba: «¡Alto! ¡Alto!», ni el árbol de mil hojas que, como manecitas verdes, se agarraban a su casaca para impedirle el paso.
Así hasta las mismas puertas del castillo, pero ¡oh desilusión! Tres perros, del tamaño de elefantes, le impedían la entrada.
¿Qué había de hacer? ¿Volverse, atrás? ¡De ninguna manera! ¡Todo antes que retroceder!
Sacó el cuchillo con aire decidido, mas ¿qué podía aquella arma minúscula contra los formidables monstruos?
De repente recordó las dádivas de los animales litigantes y viendo en lo alto, junto a las almenas, una ventana abierta sacó de su escarcela la pluma y gritó:
-¡Dios me valga, paloma!
Una fracción de segundo más tarde, Miguelín, convertido en paloma, volaba a través de la abierta ventana y se colaba de rondón en el castillo. Cuando estuvo dentro se posó, en el suelo y gritó:
-¡Dios me valga, hombre!
Y recobró en el acto su forma natural.
Encontróse en una sala inmensa, cuyas paredes eran de plata; pero no había en ellas muebles, adornos, ni utensilios de ninguna clase, así como tampoco el menor rastro de persona viviente. Pasó a otra estancia toda de oro y luego a otra de piedras preciosas, esmeraldas, rubíes y topacios que refulgían de tal modo que le cegaban. En todas halló la misma soledad.
La contemplación de tales maravillas no impedía a nuestro héroe sentir un apetito horroroso, hasta el punto de que, impaciente por conocer de una vez la dicha o el peligro que le aguardaba, exclamó:
-¡Diablo o ángel, genio o gigante, dueño de este maravilloso castillo; todo tu oro, toda tu plata, todas tus piedras preciosas, las trocaría de buena gana por un plato de humeante sopa!
Al punto aparecieron ante sus ojos una silla, una mesa con su blanco mantel, sus platos, cubierto y servilleta. Y Miguelín, contentísimo, sentóse a la mesa.
Servidos por mano invisible fueron llegando todos los platos de un opíparo festín, desde la humeante y sabrosa sopa de tortuga, hasta las riquísimas perdices, amén de frutas, dulces, y confituras.
Terminado el banquete, desaparecieron platos, cubiertos, mesa, silla y manteles como por arte de magia, y Miguelín empezó a vagar, desorientado, por los regios y desiertos salones.
 

tres naranjasÉrase que se era un rey muy viejo que tenía un solo hijo, al que debía casar antes de morirse. Pero el príncipe, aunque quería complacer a su padre, estaba muy triste, porque no encontraba ninguna mujer que le gustara para casarse. Un día, estando lavándose en sus habitaciones, fue y tiró el agua sucia por un balcón, con tan mala suerte, que fue a caerle a una gitana que pasaba por allí. Entonces la gitana le echó una maldición:
-Ojalá te seques antes de que encuentres las tres naranjitas del amor.
Esto le causó mucha impresión al príncipe, que se lo contó a su padre. Decidieron entonces consultar con una hechicera, porque el príncipe estaba cada día más triste. La hechicera, cuando conoció la maldición, dijo:
-Eso es que el príncipe tiene que encontrar novia, y para eso ha de ir muy lejos, muy lejos, a donde hay un jardín con muchos naranjos. Guardándolo hay tres perros rabiosos, que tendrá que vencer. Luego buscará uno de los naranjos, que solo tiene tres naranjas, y, sin subirse a él, las cogerá de un salto, porque, si no, no saldría nunca del jardín. Cuando tenga las tres naranjas, que se vuelva a casa.
Y así lo hizo el príncipe. Se puso en camino, y andar, andar, hasta que por fin llegó a las puertas del jardín, donde estaban los tres perros rabiosos. Pero el príncipe había comprado tres panes, y le echó uno a cada perro. Mientras estos se entretenían comiendo, entró el príncipe en el jardín, buscó el naranjo que solo tenía tres naranjas y de un salto las cogió las tres. Y todavía le dio tiempo de salir antes de que los perros terminaran de comerse los panes.
Ya iba camino de vuelta, venga a andar, venga a andar, cuando sintió hambre y sed y se dijo: «Voy a comerme una de las naranjas». Pero en cuanto la abrió apareció una joven muy guapa, que le dijo:
-¿Me das agua?
-No tengo -contestó el príncipe, muy sorprendido.
-Pues entonces me meto en mi naranjita y me vuelvo a mi árbol. Y al instante desapareció.
Siguió el príncipe andando y llegó a una venta. Allí pidió una jarra de vino y otra de agua, por lo que pudiera pasar. Abrió otra naranja y se le apareció otra joven más guapa todavía que la anterior, que le dijo:
-¿Me das agua?
-Toma -y el príncipe le ofreció la jarra; pero se equivocó, y en vez de la jarra de agua le dio la de vino, y la muchacha dijo:
-Pues me meto en mi naranjita y me vuelvo a mi árbol. Y desapareció.
El príncipe siguió su camino, y otra vez se sentía muy cansado; pero no paró hasta que llegó a un río. Se acercó a la orilla y abrió la tercera naranja dentro del agua, diciendo:
-Por falta de agua no te morirás.
Y al momento se formó un mentón de espuma y de entre ella salió una muchacha más hermosa que el Sol.
El príncipe se quedó maravillado y en seguida le pidió que se casara con él. Ella le dijo que sí y se casaron en el primer pueblo que encontraron.
Todavía tuvieron que andar mucho para llegar al palacio, y al cabo de un año la princesa dio a luz un hijo. Por fin divisaron el palacio, cuando llegaron a una fuente donde había un árbol. El príncipe le dijo a ella:
-No quiero que tú y mi hijo entréis de cualquier manera en mi casa. Así que te subes al árbol con el niño, para que nadie te vea, mientras yo voy a preparar a mi padre, y luego vendré a recogeros como es debido.
Y así lo hicieron. Se subió la princesa al árbol con su hijo, y partió el príncipe.
Estando en la espera, vino a la fuente a por agua la gitana que le había echado la maldición al príncipe. Cuando fue a agacharse, vio reflejada en el agua la cara de la princesa y, creyendo que era la suya, dijo:
-¡Yo tan guapa y venir a por agua!
Y rompió el cántaro y se volvió a su casa. Cuando llegó y se miró en el espejo, vio que era tan fea como antes. Cogió otro cántaro y volvió a la fuente. Volvió a ver la cara de la princesa y dijo:
En esta ocasión, os acerco el texto íntegro del pregón de inauguración de la Feria del Libro de Sevilla de 2016. No tienen desperdicio las palabras de Antonio sobre "las literaturas infantil y juvenil, que también les gustan a ellos (pequeños y jóvenes)" .
 
 
Por Antonio Rodríguez Almodóvar
Académico Correspondiente de la RAE
        
Está convenido que literatura infantil es aquella que también interesa a los niños. Quiere decirse que, primero, ha de importar a todos. Y, solo de un modo particular, a los alevines de la tribu. Nadie sabe cómo sucede tal cosa, más parecida a un milagro, pero así ocurría con los cuentos de tradición oral. En la tertulia campesina, o en la del hogar, no se hacían distingos entre grandes y chicos. Se contaba para todo el que estaba por allí, y ya está. Luego, cada cual se enganchaba al relato,  la canción o el romance que más le gustaba. No se decía “niño, tápate los oídos”, o “salte un ratito a jugar”. No había censura previa, ni mucho menos se atendía a ese artefacto de “lo políticamente correcto”, que él solo puede acabar con la literatura toda, la grande y la chica. (Él solito, por decirlo con ese diminutivo tan expresivo del andaluz, que lo mismo sirve para los afectos más tiernos que para anunciar las mayores catástrofes. Pero ya volveremos a ocuparnos de esa plaga de nuestro tiempo). En materia de lo que conviene o no conviene a la mente infantil, perdonen que me atenga a una verdad de Perogrullo: si un niño entiende algo, es que su mente ya está por hacerlo.  Y si no lo entiende, no pasa nada; si acaso se aburrirá un poco más, como la pobre Alicia aquella tarde de verano a orillas del Támesis, justo antes de que un clérigo tartamudo intentara ponerle remedio a su situación. Pero esa es otra historia. Quería decir que, tanto en un caso como en otro, ¿dónde está el problema? ¿No estará por ventura en la mente compleja de algunos adultos, en sus propios prejuicios o dilemas morales?
  
      Claro que las cosas han cambiado mucho desde entonces, desde que la literatura oral hacía su aparición de un modo tan natural como la lluvia y el viento. La tertulia familiar anda de capa caída, como todo el mundo sabe; ya se encarga de ello la Santa Televisión. Y la tertulia campesina, para qué decir. Antaño la gente dormía en los cortijos. Hoy con la amotillo todo está resuelto. A casa y a ver el partido.
         Tanto han cambiado las cosas que, en plena revolución tecnológica,  ya ni se sabe cuándo fue aquel día en que surgió el concepto, más bien mágico, como corresponde a la materia en cuestión:literatura infantil. Tal vez fue aquella memorable tarde del 4 de julio de 1862, cuando el profesor de matemáticas del Trinity College -la verdad no se sabe muy bien con qué intenciones-, empujó a Alicia  a la cueva del inconsciente. No sería mal comienzo. Todo cuento maravilloso, por si no lo saben, se refiere al pozo que hay debajo. El mismo al que descendió  Don Quijote, en la singular aventura de la Cueva de Montesinos. Por cierto, tal como lo hace Juan el Oso, uno de los cuentos más antiguos del mundo, que Cervantes conocía muy bien. Tan bien, como para hacerle decir al hidalgo, en ese preciso momento: “Inadvertidos hemos andados de no habernos proveído  de un  esquilón pequeño [una campanilla] , que fuera atado junto a mí en esta mesma soga” [1]Se trata de la misma campanilla que lleva Juan el Oso en su bajada a la cueva donde mora la princesa encantada. (Sirva esta referencia de mi particular homenaje a don Miguel, que de folclore sabía un rato, en el cuarto centenario de su muerte). [2] En todo caso, algo nuevo, y un tanto equívoco, apareció en el panorama de las letras. Después compareció otro concepto, si cabe más resbaladizo: literatura juvenil. Dios mío, qué será esto, se preguntaron algunos, mayormente si algo creían saber de literatura. ¿No es toda ella joven, si quiere ser? “Quién que es no es romántico”, dijo Rubén Darío –otro autor en plena efemérides-, y dijo bien. Traducido a lo que nos trae hoy aquí: ¿Qué excitante y turbadora literatura no lo será también para los jóvenes? Nadie sabía –su autor mucho menos- que El guardián entre el centeno cubriría todo el espectro lector; tampoco que Trafalgar serviría para abrir la mente y el corazón de nuestros muchachos a la desdichada historia de este país, al que todavía llamamos España. Ni Salinger ni Galdós escribieron para ellos, pero tampoco sin ellos, porque tuvieron que meterse a fondo en los entresijos de alguien que  está empezando a conocer el mundo.
         Tal vez por eso, en el caso de la llamada literatura juvenil, no tengo el menor atisbo de cuál pudo ser su acta de nacimiento, como no sea tirando de mi experiencia personal. Creo que fue con  la lectura de tres libros que ocasionalmente andaban a mi alcance: Viaje a la luna, de Julio Verne, lasAventuras de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, y Las mil y una noches, de una legión de autores anónimos. Tres mundos, ya ven, tan admirables como dispares. La fantasía científica, las travesuras de un niño impertinente, capaz de desafiar a toda una sociedad tardovictoriana,  y las múltiples aventuras orientales de un libro de cuentos con acarreo de siglos, la mayoría de ellos anteriores al islam. Todo intento de encontrarles un denominador común parecerá destinado al fracaso. A menos que… a menos que nos fijemos en un hilo sutil que me parece cose todas esas historias: ell del espíritu de rebeldía, la transgresión …, en suma, el hilo de acero la libertad. La rebeldía científica, que adelantó la llegada del hombre a la Luna, con un ejercicio de imaginación pura. La de aquel Guillermito que ponía de los nervios a una clase social remilgada (nosotros entreveíamos algo más; algo de lo que podía ser una sociedad democrática, que se permitía el lujo de criar a sus expensas a un mocoso contestatario). Y, por último, la libertad de un marino que se echó a los siete mares porque sí, más las veladuras eróticas de los cuentos de Sherezade, que fueron, en mi humilde opinión, las que contuvieron el hacha de aquel temible sultán, desesperado de amor.  De la literatura de anticipación del francés han venido innumerables autores y obras -un poco hasta el hartazgo, todo hay que decirlo-; descendientes directos de Guillermo Brown son Pippi Langstrum (antes de ser domesticada para una serie de televisión), y el espíritu desafiante que impregna buena parte de la obra de Roald Dahl (cuyo centenario, por cierto, celebramos este año). (Por falta de centenarios no nos quejaremos). “Imaginación constructiva”, lo llamaremos también, con Gianni Rodari, a todo ese aparente desorden. Y ya que estamos en Italia, el mismo en que vivía Pinocho, cuando era un muñeco dislocado, pero feliz, y se negaba a convertirse en un niño de carne y hueso, eso sí, muy bien educado en el desorden oficial.
         Pero ahora que lo pienso un poco mejor, hay otro hilo sutil  que conecta aquellos tres mundos. Tan sutil como que se trata de una ausencia: la ausencia total de doctrinas.  Lo mismo que ocurre, es curioso,  en los cuentos populares, los auténticos, claro está. No los adaptados, edulcorados, recortados… con moralinas y moralejas a granel. (¡Cuánto  molestaban a Ana María Matute las moralejas! “Los niños son niños, no tontos”, solía decir. Con ello invitaba a que se les dejara extraer, a ellos solos, la secreta sustancia de que son portadores los cuentos, sin andaderas ni postizos. En su nombre, me permito decir:  ¡Vade retro, moralistas! ¡Aquí no pintáis nada!  No metáis vuestras narices en asuntos tan importantes. (No sé si saben que Las mil y una noches es actualmente un libro prohibido en la mayoría de los países con fuerte presencia islamista. Ahí lo tienen. Pero no nos pongamos más tristes de la cuenta, por lo menos esta tarde). 
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