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LAS TRES NARANJAS DEL AMOR

 

tres naranjasÉrase que se era un rey muy viejo que tenía un solo hijo, al que debía casar antes de morirse. Pero el príncipe, aunque quería complacer a su padre, estaba muy triste, porque no encontraba ninguna mujer que le gustara para casarse. Un día, estando lavándose en sus habitaciones, fue y tiró el agua sucia por un balcón, con tan mala suerte, que fue a caerle a una gitana que pasaba por allí. Entonces la gitana le echó una maldición:
-Ojalá te seques antes de que encuentres las tres naranjitas del amor.
Esto le causó mucha impresión al príncipe, que se lo contó a su padre. Decidieron entonces consultar con una hechicera, porque el príncipe estaba cada día más triste. La hechicera, cuando conoció la maldición, dijo:
-Eso es que el príncipe tiene que encontrar novia, y para eso ha de ir muy lejos, muy lejos, a donde hay un jardín con muchos naranjos. Guardándolo hay tres perros rabiosos, que tendrá que vencer. Luego buscará uno de los naranjos, que solo tiene tres naranjas, y, sin subirse a él, las cogerá de un salto, porque, si no, no saldría nunca del jardín. Cuando tenga las tres naranjas, que se vuelva a casa.
Y así lo hizo el príncipe. Se puso en camino, y andar, andar, hasta que por fin llegó a las puertas del jardín, donde estaban los tres perros rabiosos. Pero el príncipe había comprado tres panes, y le echó uno a cada perro. Mientras estos se entretenían comiendo, entró el príncipe en el jardín, buscó el naranjo que solo tenía tres naranjas y de un salto las cogió las tres. Y todavía le dio tiempo de salir antes de que los perros terminaran de comerse los panes.
Ya iba camino de vuelta, venga a andar, venga a andar, cuando sintió hambre y sed y se dijo: «Voy a comerme una de las naranjas». Pero en cuanto la abrió apareció una joven muy guapa, que le dijo:
-¿Me das agua?
-No tengo -contestó el príncipe, muy sorprendido.
-Pues entonces me meto en mi naranjita y me vuelvo a mi árbol. Y al instante desapareció.
Siguió el príncipe andando y llegó a una venta. Allí pidió una jarra de vino y otra de agua, por lo que pudiera pasar. Abrió otra naranja y se le apareció otra joven más guapa todavía que la anterior, que le dijo:
-¿Me das agua?
-Toma -y el príncipe le ofreció la jarra; pero se equivocó, y en vez de la jarra de agua le dio la de vino, y la muchacha dijo:
-Pues me meto en mi naranjita y me vuelvo a mi árbol. Y desapareció.
El príncipe siguió su camino, y otra vez se sentía muy cansado; pero no paró hasta que llegó a un río. Se acercó a la orilla y abrió la tercera naranja dentro del agua, diciendo:
-Por falta de agua no te morirás.
Y al momento se formó un mentón de espuma y de entre ella salió una muchacha más hermosa que el Sol.
El príncipe se quedó maravillado y en seguida le pidió que se casara con él. Ella le dijo que sí y se casaron en el primer pueblo que encontraron.
Todavía tuvieron que andar mucho para llegar al palacio, y al cabo de un año la princesa dio a luz un hijo. Por fin divisaron el palacio, cuando llegaron a una fuente donde había un árbol. El príncipe le dijo a ella:
-No quiero que tú y mi hijo entréis de cualquier manera en mi casa. Así que te subes al árbol con el niño, para que nadie te vea, mientras yo voy a preparar a mi padre, y luego vendré a recogeros como es debido.
Y así lo hicieron. Se subió la princesa al árbol con su hijo, y partió el príncipe.
Estando en la espera, vino a la fuente a por agua la gitana que le había echado la maldición al príncipe. Cuando fue a agacharse, vio reflejada en el agua la cara de la princesa y, creyendo que era la suya, dijo:
-¡Yo tan guapa y venir a por agua!
Y rompió el cántaro y se volvió a su casa. Cuando llegó y se miró en el espejo, vio que era tan fea como antes. Cogió otro cántaro y volvió a la fuente. Volvió a ver la cara de la princesa y dijo:
-¡Yo tan guapa y venir a por agua!
Rompió el cántaro y se volvió a su casa. Pero otra vez le pasó lo mismo y volvió a la fuente con otro cántaro. Entonces vio que la que estaba en el agua se estaba peinando y comprendió lo que pasaba. Miró para arriba y vio a la princesa. Y aunque le dio mucho coraje, lo disimuló y le dijo:
-Señorita, ¿cómo usted peinándose sola? Baje usted, por favor, que la peinaré mientras tiene al niño.
La princesa no quería, pero tanto le insistió la otra, que al fin bajó y se dejó peinar por la gitana. Y según la estaba peinando, le clavó un alfiler en la cabeza y la princesa se volvió una paloma, blanca como la leche. Echó a volar y la gitana se puso en el lugar de la princesa, con el niño en brazos.
Ya vino a por ella el príncipe con una carroza y con mucho séquito, cuando se le acercó y le dijo:
-Muy cambiada estás. ¿Qué ha pasado?
-Nada, que de tanto tomar el sol... -dijo la gitana.
El príncipe no quedó muy conforme, pero se la llevó con su hijo. Pasaron los días y la paloma no hacía más que dar vueltas al palacio,
venga vueltas, y hasta se hizo amiga del jardinero, al que le decía:
 
-Jardinerito del rey, ¿qué tal te va
con la reina traidora?
 
Y el jardinero contestaba:
 
-Ni bien, ni mal,
que es mi señora.
-¿ Y el hijo del rey?
-Unas veces ríe,
y otras veces llora.
 
Así que el jardinero le llevó la paloma al hijo del rey, que se encariñó mucho con ella, la llevaba a todas partes y hasta la dejaba comer en su plato y beber en su copa. Un día el niño le notó un bultito en la cabeza, porque la paloma no hacía más que rascársela. Le sopló en las plumitas y entonces vio la cabeza del alfiler. Tiró de ella y, al sacárselo, la paloma se convirtió en la princesa tan guapa que era antes. Al momento la reconoció su marido, y los tres se abrazaron y se dieron muchos besos.
¿Y qué hicieron con la bruja gitana? Pues que la mataron, la quemaron y aventaron sus cenizas.
 
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