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El zapatero y el sastre

zapateroHabía una vez un zapatero que debía dinero a todos los vecinos del pueblo. A uno cincuenta reales, a otro ochenta, a otro cien... De modo que, aunque hubiera tenido siete vidas como los gatos, no hubiera podido pagarles a todos, ni remendando ni echándoles medias suelas a los zapatos de todos los hijos y nietos de sus acreedores. Al que menos dinero le debía era a un sastre, que le debía solamente un real.
Le apremiaban tanto las personas a las que debía dinero, que un día le dijo a su mujer:
-No puedo pagar de ninguna manera. Así que lo mejor que puedo hacer es morirme. Con eso, me perdonarán lo que les debo.
Pero, claro, él lo que quería decir era morirse de mentirijilla. Vamos, hacerle creer a todo el mundo que se había muerto y escaparse del pueblo en cuanto pudiera. Bueno, pues se hizo el muerto y su mujer fue diciéndolo por todas partes, llorando y todo. ¿Qué iba a hacer la gente? A ver qué remedio: perdonarle las deudas, y acompañarlo hasta la iglesia aquella noche, y al día siguiente hasta el cementerio.
Pero el sastre, al que solo le debía un real, no se conformó. Dijo: «Este me las paga como sea», y pensó quedarse aquella noche en la iglesia, cuando ya no estuvieran velando el cadáver, y quitarle el chaleco, que era lo que había costado un real.
Conque ya llevan al zapatero en unas andas hasta la iglesia, y allí que lo dejan, con sus cuatro velas, porque era costumbre que no los enterraban hasta el día siguiente. El sastre aprovechó un descuido de los demás y se metió debajo de las faldas negras de las andas. Todavía esperó un ratito, después que sintió salir al último. Pero a esto que se entran en la iglesia una cuadrilla de ladrones que venían huyendo de la justicia. Y allí mismo, delante del féretro, se ponen a repartirse el talego de dinero que habían robado.
-Esta parte, para ti. Esta, para ti; esta, para ti...
Así fue diciendo el jefe de la cuadrilla. Y cuando terminó de repartir a los cinco que eran, quedó otra parte, y dice uno:
-¿Y esa, para quién es?
Y contesta el jefe:
-¿Esa? Para el que sea capaz de clavarle un cuchillo al muerto. Todos se quedaron en silencio y ninguno se atrevía, pero por fin uno de ellos, el más malvado de todos, dice:
-Yo lo hago.
Y se fue para el zapatero, que lo estaba escuchando todo, muertecito de miedo. Y cuando ve al otro que levanta la mano para clavarle el cuchillo, pega un grito:
-¡Salgan todos los difuntos!
Y el sastre, que estaba también más muerto que vivo, contesta: 
-¡Aquí estamos todos juntos!
El del puñal y los demás ladrones salieron corriendo despavoridos, y se dejaron allí los montones de dinero.
Sale entonces el sastre de debajo de las andas y le dice al zapatero:
-¿Conque muerto, eh? Ahora mismo me estás dando mi real, ¡so sinvergüenza!
-¿Yo tu real? Pero, hombre, ¿cómo te acuerdas ahora de un real, con todo el dinero que tenemos aquí para los dos?
-Nada, nada, yo quiero mi real, mi real -decía el sastre.
Pero los ladrones, después de la primera carrera, se lo habían pensado mejor. Uno había dicho:
-¿Mira que nosotros, con lo criminales que somos, darnos miedo de los difuntos? Ahora mismo nos volvemos.
Y se volvieron, pero antes de entrar en la iglesia se quedaron escuchando desde la puerta y oyeron al sastre que ya decía:
-¡Si no me das mi real, te rajo la barriga! Y dice el ladrón:
-¡Atiza! ¡La de difuntos que tiene que haber, que con todo nuestro dinero caben a real! ¡Y con qué malas pulgas! Mejor será que nos vayamos.
Y otra vez salieron corriendo y no han vuelto todavía.
 
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