• Narrador de Historias

    Cada historia refleja una realidad
  • Cuentacuentos

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Sobre mí

  • Filiberto Chamorro NARRADOR DE HISTORIAS 

    Hoy he intentado dejar que salieran de mi cabeza las palabras que pueblan mi vida… Y no es casualidad que hoy viva en la calle Leyenda número1.

    Vengo de una familia sencilla sin florituras ni aspavientos, pero eso sí, donde había un abuelo de esos que no hablan sino que acompañan con palabras…Y de esas palabras se formaban historias….Y de esas historias y otras que en el camino fui encontrando, salió mi vocación y mi vida…, Ser contador….Contador de Cuentos de los que, si saltas de uno a uno como si de un camino de nenúfares se tratase, aparecen nuevas historias, todas ciertas, sí, pues detrás de cada historia hay un lugar donde sucedió de verdad.

    Composicion Fili

    ... más sobre mí.

    También mi verdad es que llevo contando más de 12 años….en pueblos y ciudades de España y del extranjero… Contando, titireando, musicando cuentos, fabulando tradiciones…Y allí donde se me requiere, donde puedo compartir y aprender, allí, allí voy.

    Duende del sur, sí del sur, pues mis cuentos tienen aires de mar , de olivos, de naranjas y de río…Y duende, pues a veces creo que habita en mí el espíritu de las leyendas, a las que me gusta darle forma a través de palabras y música que tomo prestadas de los vientos.

    Me gusta ir con mis instrumentos de aquí para allá y contar para personas desde segundos de concepción hasta 200 años o más.

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Cuento Los Doce Meses

LOS DOCE MESES 

117. Cuento popular castellano
 
Pues era un señor que estaba muy arruinado, pues tenía bas­tante familia y lo pasaban muy mal. Y decidió marcharse a bus­car la vida. Y andando, andando, llegó a un monte donde había una casuca. Y había dos hombres a la puerta de la casuca. Se acercó a pedirles limosna, y ellos dicen:
-¿Adónde va, buen hombre?
-A buscar la vida para mantener a mi familia.
Y le mandaron pasar a que se calentara, porque tendría frío. Y en la casa había doce hombres. Y después de sentarse, le pre­guntó uno que qué tal era enero en su tierra. Y le contestó que había unos días buenos y otros días malos. Y le preguntó luego otro:
-Y, ¿febrero?
-Febrerillo el corto le dicen. Sus días son veinte y ocho, y si es bisiesto, veinte y nueve. Y en febrero busca la sombra el perro. 
-Y, ¿marzo? -le dice otro.
-Marzo, abre la boca el lagarto. Hace unos días aire; pero hace bueno.
-Y, ¿abril?
-Pues, bocadillos y dormir.
-Y, ¿mayo?  
-En mayo florecen todas las flores, cantan todos los pajarillos. ¡Qué alegría!
-Y, ¿junio?
-En junio hace ya mucho calor. 
-Y, ¿julio?
-Empieza la siega, la alegría de los labradores. 
-Y, ¿agosto?
-En agosto sigue haciendo buen temporal. 
-Y, ¿septiembre?
-En septiembre viene la alegría de funciones. 
-Y, ¿oztubre?
-Se hace la recolección de las uvas. 
-Y, ¿noviembre?
-En noviembre suele llover; pero es benigno. 
-Y, ¿en diciembre?
-En diciembre hacen días de niebla; pero hace bueno.
Ahora, al tiempo de salirse, le dan una porra y le dicen:
-No la use usted hasta llegar a su casa. Y pondrá una mesa y dirá: «¡Cachiporra,compónte!», y la mesa se llenará de ricos manjares, de ropa y de dinero.
Llega él a su casa y llama a su mujer y sus hijos.
-¡Ahora sí que vamos a ser ricos! Traigo la felicidad.
Y les dice que cierren las puertas y que traigan una mesa. Y la mujer, asustada, creía que les habría traído la ruina.
-¡No, no es eso! ¡No te asustes! Traen la mesa, y entonces dice: 
-¡Cachiporra, compónte!
Y se llenó la mesa de ricos manjares, y la casa de ropa y dinero.
En poco tiempo se hicieron muy ricos. Y ya todos en el pueblo decían de dónde habrían ganado todo lo que tenían y les tomaron mucha envidia. Y un vecino de ellos, que también era pobre, le decía que qué era lo que había hecho; de dónde le había venido, pues él también estaba muy mal -que se lo tenía que decir, para ver lo que había hecho. Y él no quería decírselo; pero al fin se lo dijo.
Y se marchó él también a buscar la vida. Y ya, andando, llegó a un monte donde había una cueva, y dos hombres afuera a la puerta. Y se arrimó allí. Y le dijeron que adónde iba. Y les dijo que a buscar la vida. Le mandaron entrar y calentarse.
Y en la cueva había doce hombres. Y después de sentarse, le preguntó uno que qué tal era enero en su tierra. Y dijo que muy malo; que hacía mucho frío, y caían muchas heladas. Le pregun­tó otro:
-Y, ¿febrero?
Contestó que si malo era enero, peor era febrero. 
-Y, ¿marzo?
Si malo era febrero, peor era marzo:
-En marzo caen muchas neviscas, que no se pueden sufrir, de aire frío.
-Y, ¿abril?
-En abril..., en abril no deja de llover. No se puede ganar nada.
-Y, ¿en mayo?
-Mayo..., mayo... Hace algo bueno; pero al último hay días que hace bastante malo.
-Y, ¿junio?
-Pues, en junio hay días que hace tanto calor que no se puede estar en ningún sitio.
-Y, ¿julio?
-¡Vaya, julio!... ¡julio!... Hay unos días que hay unos nubla­dos que no se puede aguantar lo que apedrea. 
-Y, ¿agosto?
-¡Vaya, agosto!... ¡Agosto, el frío en el rostro! 
-Y, ¿septiembre?
-¡Oy! En septiembre, septiembre, hay algunos días al último que ¡frío, frío, frío!...
-Y, ¿oztubre?
-Pues, en oztubre vas a vendimiar. Hay días que hay que poner lumbre en las viñas, que no se puede aguantar el frío que hace.
-Y, ¿noviembre?
-Noviembre, ¡todo el día lloviendo!...
-Y, ¿diciembre?
-Mira -dice, pues, en diciembre no deja de nevar y helar. En fin, ¡todo muy mal!
Al tiempo de salirse, le dan una porra y le dicen:
-Bueno, pues tenga usted esta cachiporra. Cuando llegue us­ted a casa, diga usted: «¡Cachiporra, compónte!»
Cogió la cachiporra y se marchó a su casa. Y la dice a la mujer: 
-¡Ahora sí que vamos a ser ricos! Traigo la felicidad que ha traído nuestro vecino.
Y le dice la mujer:
-Siempre nos habrás traído la ruina.
-¡No, mujer!... ¡Trae la mesa! ¡Trae la mesa! Preparan la mesa, y él dice:
-¡Cachiporra, compónte!
Y empezó la cachiporra -a él el primero- a darle buenos ca­chiporrazos. Y a la mujer y a los hijos después. Y decía la mujer: 
-¡Bien te decía yo que habrías de traer la ruina a la casa!
 
Peñafiel, Valladolid. Narrador XI, 29 de abril, 1936.
 
Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

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